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La Coctelera

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Categoría: Hay que leer!

5 Junio 2009

Hay que leer!

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15 Octubre 2008

FraseDelDía


Para que nada nos separe, que nada nos una.

Pablo Neruda (1904-1973) Poeta chileno.


<caricatura por Liniers>

Extra, extra!
Para quienes se quedaron con las ganas de pensar un rato más... acá les va otra entrega de Galeano. Un "pequeño" empujón hacia la reflexión.
El escritor recibirá hoy el Doctorado Honoris Causa en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
Antes de que eso ocurra, el diario digital más visitado del interior del país -LaVoz.com.ar- se entrevistó en forma exclusiva con él.
Ah! Aprovecho para recomendar "üselo y Tírelo; el mundo visto desde una ecología latinoamericana", una bonita recopilación de algunos escritos ya publicados.
De "Espejos" hablaremos a la vuelta.(Leer nota LVI)

Ventana sobre el miedo
* * *
El hambre desayuna miedo. El miedo al silencio aturde las calles. El miedo amenaza:
Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cancer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.
(De "Las palabras andantes")

Tags: liniers

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3 Octubre 2008

FraseDelDía


Si todos tirásemos en la misma dirección, el mundo volcaría.



HayQueLeer!
El contestador de reportajes

Alejandro Dolina.
***

// Un reportaje es de por sí una cosa muy extraña. Si a un griego del siglo de oro le mostráramos la televisación de una entrevista, se sorprendería menos de la existencia de un aparato capaz de transmitir las imágenes, que de la insólita conversación entre dos personas que se conducen como si estuvieran solas, aun cuando saben que son vistas y oídas por muchedumbres. También se asombraría nuestro amigo griego del interés de las gentes de hoy por conocer los costados menos notables de los hombres famosos: sus preferencias cromáticas, los horarios de sus comidas o la duración de sus siestas.

El memorable Adelmo Ramos supo advertir estos aspectos ridículos de todo reportaje, pero también se dio cuenta de algo más profundo: una entrevista periodística es un intento de descripción de un alma humana. Por lo tanto, su esencia no está demasiado lejos de lo artístico.
Y precisamente la gran empresa de Ramos fue convertir el reportaje en una rama del arte. Es cierto que fracasó. Pero su intuición genial señaló la existencia de una puerta que nadie había notado antes. La carrera del contestador de reportajes no es sencilla.
El primer obstáculo reside en el empecinamiento de los periodistas en formular preguntas tan sólo a los hombres que han alcanzado la notoriedad. De aquí se desprende que todo aquél que sienta la vocación de someterse a interrogatorios públicos deberá, en primer lugar, conquistar la fama. Esta es una tarea que lleva años y que no siempre es coronada por el éxito. Es probable que muchos músicos, científicos y cineastas que nos deslumbran con sus realizaciones no persigan en realidad otro objetivo que el de contestar reportajes.
Y aquí aparece otro inconveniente: tal vez muchos grandes contestadores sean recordados como actores, pintores o entrealas derechos, olvidando la destreza principal.
Adelmo Ramos tomó en cuenta todas estas verdades y resolvió —con todo acierto— prescindir de la primera etapa. Renunció a los transitados caminos que conducen al renombre. No fue cantor de boleros, ni político, ni mansflora. Fue tan sólo — y de qué manera— contestador de reportajes.
En este punto caben las infaltables objeciones, polémicas y zonas oscuras que nunca faltan en las historias de Flores.
Hay quienes creen que Ramos fue cantor de la orquesta de Anselmo Graciani, el célebre bandoneonista zurdo que se hacía construir los instrumentos al revés.
Otros lo suponen periodista de la menesterosa revista Expiraciones y hasta refieren una historia no demasiado original, según la cual Ramos, no teniendo a quién entrevistar, resolvió publicar un reportaje a sí mismo. Nada de esto consta. En cambio existen pruebas, a mi juicio incontestables, de que el primer reportaje a Adelmo Ramos fue realizado por el polígrafo de Flores Manuel Mandeb.
Tal entrevista no fue publicada jamás, pero sus pormenores aparecen en el penoso libro de Mandeb cuyo título es Personajes de la calle Artigas entre el 400 y el 1100.
Se trata de una obra más cercana al catálogo que a la descripción psicológica. Está ordenada según la numeración de la calle y al llegar al 860 encontramos estos párrafos:
“Artigas 860. Ramos, Adelmo. Célebre contestador de reportajes. Yo mismo le hice el primero. Fue una tarde de otoño, me acuerdo. Yo caminaba por Yerbal pisando hojas secas y gozando con su crujido. No estaba de muy buen humor, pues muchas hojas caían demasiado tiernas y no se quejaban satisfactoriamente ante mis pisotones.
No sé en qué esquina se me apareció Ramos.
—¿Usted es Mandeb?— me dijo.
—Servidor.
—Vea, necesito que me haga un reportaje.
—No soy periodista —le informé.
—Lo será. Hágame el favor, pregúnteme algo.
Recordé entonces ciertas lecturas que a modo de ejercicio disciplinario me había impuesto algunos meses atrás.
Entonces di comienzo a la interviú, que fue breve:
—P: ¿Qué pregunta quisiera usted que yo le formulara?
—R: Me gustaría que me preguntara qué pregunta quisiera yo que usted me hiciera.
—P: Muy bien, ¿qué pregunta quisiera usted que yo le formulara?
—R: Vea. Le pediría por favor que no me haga esa pregunta. Dicho esto, Ramos pegó media vuelta y se fue.
Éste era su primer reportaje. Después fue progresando. Sus respuestas abarcaron los más diversos campos de la inquietud intelectual. Opinó sobre tenis, pintura rupestre, ecología, pedagogía, siembra de nabos, pelota vasca, ebanistería y carreras de caballos.
Sus enemigos lo acusan de contradictorio. Y es cierto. A una misma pregunta, Ramos solía responder de manera opuesta, según la ocasión.
Todos recuerdan el célebre reportaje que le hiciera el periodista Carlos Marcucci, hace ya mucho tiempo. Marcucci solía preguntar varias veces la misma cosa a sus entrevistados. No por pretender descubrir en ellos alguna incoherencia, sino más bien porque era hombre de frágil memoria y no se acordaba de lo que había hecho dos minutos antes.
Transcribo:
—P: Ya que hablamos de tango, Ramos: —¿Qué le parece Discépolo?
—R: No me gusta Discépolo. Es un poeta que parece creer que todos los demás son tan canallas como él santo. Fíjese: la gente que es brutal cuando se ensaña... Perdóname si fui bueno... Que el mundo fue y será una porquería... Pero él siempre se salva. Él es el único puro y libre de pecado. Yo prefiero mil veces a los pecadores tolerantes que a los virtuosos implacables.
—P: Claro, ese tema nos lleva inevitablemente a hablar de Discépolo. ¿Qué piensa de él?
—R: Sin duda se trata del poeta más importante que ha dado el tango. Y no piense que voy a decirle esa estupidez según la cual las letras de Discépolo son filosofía. No. Las letras de Discépolo son letras de tango. Filosofía es —sin ir más lejos— la “Crítica de la Razón Pura” y de ningún modo el vals “Sueño de Juventud”.
—P: Usted menciona la filosofía y esto trae a mi mente una figura de nuestro tango: Enrique Santos Discépolo. ¿Qué opina usted de él?
—R: Es interesante que me formule esta pregunta, pues debo decirle que me la han hecho muchas veces en distintos reportajes, incluso en éste. Créame si le digo que los tangos de Discépolo son como tratados de filosofía.
Adelmo Ramos tenía respuestas preparadas que con todo desparpajo, soltaba ante cualquier pregunta.
Las contestaciones eran, a veces, de una extensión desmesurada. Un periodista de la revista estudiantil “Hora Libre” tuvo una vez la ocurrencia de preguntarle cómo andaba. Ramos llevaba ya seis horas de exposición cuando el reportero huyó.
También —como es de suponer— tenía respuestas breves y hasta llegó a contestar en verso, lo que no consiste ninguna novedad si se razona que la payada no es otra cosa que un mutuo reportaje versificado.
Es necesario admitir que Ramos jamás fue demasiado perseguido por el periodismo.
Tuvo épocas infecundas en las que pasaban meses y aun años sin que nadie se acercara a interrogarlo. Adelmo Ramos afrontó con inteligencia tales períodos y en algunas ocasiones llegó a contratar a periodistas sin trabajo para que le hicieran preguntas. Algunos de ellos tenían la misión de abordarlo en cualquier circunstancia y requerir su parecer acerca de las cuestiones más imprevistas. Los hombres de Flores vieron muchas noches a individuos prepotentes que, saliendo al paso de Ramos, le gritaban en la cara: ¿Cuál es su peor defecto?
Cuando se le terminó el dinero para solventar a estos mercenarios, Ramos trató de demostrar la absoluta inutilidad del periodista en los reportajes. No era éste un criterio novedoso. Infinidad de pensadores han afirmado que lo que interesa es la respuesta y no la pregunta. No obstante es innegable —y Ramos tuvo que aceptarlo— que el periodista es casi indispensable cuando se trata de copiar a máquina el reportaje y tomar los recaudos técnicos para su publicación.
Fue entonces cuando Ramos descubrió que podía prescindir de la difusión de sus respuestas. Y así, sin periodistas ni testigos, tuvieron lugar sus últimas realizaciones. Los Hombres Sensibles de Flores juran que en esos reportajes, que se llevó el viento, están sus mejores logros. Poco a poco el periodismo y la gente se fueron olvidando de Ramos.
Los Refutadores de Leyendas llegaron a postular que este personaje no existió nunca y que toda su obra es el resultado del trabajo de muchos contestadores que vivieron en tiempos diferentes. Como siempre, los Refutadores destruyen una leyenda creando otra.

Hoy, cuando todo el mundo contesta preguntas sin tener la menor autoridad para hacerlo, este columnista se ha creído en el caso de homenajear a Adelmo Ramos.
Ojalá que esta nota despierte en algún joven la vocación insólita de la respuesta artística. Entonces sabremos que los desvelos de Ramos no fueron inútiles.

Tags: dolina

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24 Septiembre 2008

HayQueLeer!

"Esa mujer"
Rodolfo Walsh

El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice.
Lo miro.
-Esa mujer, coronel.
Sonríe.
-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-.
Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
-Pero el capitán N. . .
-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
-¿Y usted, coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
-¿Qué querían hacer?
-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
-...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No.
-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Sí, pobre gente.-El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.
-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
-Beba -dice el coronel.
Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
-Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
-¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
-¿Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy.
Desaparece.
-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente.
-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de
la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
-¿La sacó usted?
-Sí.
-¿Cuántas personas saben?
-DOS.
-¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde?
No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
-No, ya mismo.
Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
-¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.

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9 Septiembre 2008

Feria Del Libro 2008

4 al 22

de septiembre

Lunes a Sábados de 11 a 22hs.
Domingos de 15.30 a 22hs.


Desde hace 23 años la plaza San Martín, en pleno corazón del centro cordobés, se viste de blanco para recibir a fieles habitués de las letras

Repleta de literatura destinada a niños, jóvenes y adultos, la instalación de la Feria del libro es una verdadera fiesta para los amantes de la lectura y una gran oportunidad para encontrarse con interesante producción editorial nacional e internacional. Como todos los años, la entrada a las carpas es libre y gratuita, y se espera una importante afluencia de público, que por éstos días adornará la plaza del Libertador.


La Plaza de Lectura innova, atenta al desarrollo de las nuevas tecnologías. La organización dispuso habilitar este año el servicio Wi-Fi de Arnet en la mismísima plaza San Martín y llevar la feria al mundo virtual de internet a través una página propia www.ellibrocordoba.org.ar donde el lector tiene acceso al detalle de las 467 propuestas culturales que alberga su programación, y puede descargar en versión PDF el “Diario de Feria”.

A la anterior, se le suma una de las propuestas más novedosas. En esta edición además, el espacio Fenómenos propone una agenda, cuya coordinación estará a cargo de Gabriela Halac. Con más de de 30 actividades en su grilla, Fenómenos, nuevos soportes para las letras, resulta una seductora invitación a explorar las distintas modalidades de lectura, estrategias de contactos, formas de escritura, modos de edición y circulación que determina el soporte digital, a partir de la intervención directa de sus propios hacedores. La propuesta completa se puede leer completa en el blog: www.espaciofenomenos.blogspot.com


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22 Agosto 2008

HayQueLeer!


Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.

Albert Einstein (1879-1955) Científico alemán nacionalizado estadounidense.


"Este país es una mierda, che"

El Gobierno propuso a Maradona, Evita, el Che y Gardel como íconos para Feria del Libro de Frankfurt, la mayor de la industria editorial. Y de esto opinó en Crítica digital el periodista Rodolfo Fogwill.

Cuando dijeron esos nombres en la reunión de editores en que se presentó el tema, a una editora que estaba ahí le encantó todo y se reía, pero porque pensaba que era una broma. Y no, era cierto. Me parece una barbaridad. Hay dos cosas para vender en la Feria de Frankfurt: la literatura argentina y los escritores argentinos. Pero lo que se mostrará no alcanza a ser interesante para la literatura argentina. De Evita y el Che se han escrito muchísimos libros, pero, no sé, cuatro valdrán la pena.
De Gardel habrá dos. De Maradona ninguno porque todo lo que se ha escrito de fútbol es malísimo. Además, si se trata de exportar argentinos tampoco es serio: Cortázar es belga; Borges, por elección, es suizo; y el Che Guevara es cubano. Si se quería vender de verdad se debería haber llevado a los dos que más venden por lejos: Fontanarrosa y Quino. Y por interés técnico: Rodolfo Walsh, porque ellos, los alemanes, son muy políticos y se interesan mucho por lo de los desaparecidos. Alemania es un país muy raro editorialmente. Y esa feria es un manicomio. Me baso en lo que ha escrito Manuel Rodríguez Riveros en el ABC de España, donde se refiere a la prostitución que hay allí.
En fin, lo que se vende son paquetes de derecho de autor que en la Argentina no hay al nivel de lo que se mueve en Frankfurt. Rowling vende en un solo año, lo que los argentinos venden en diez. Los alemanes están pensando esta invitación a la Argentina hace cuatro años. Pero en dos años no se pueden fabricar autores. Este país es una mierda, che.

A mi entender, la primera línea es mucho. Es el ejemplo perfecto del “gancho” del que tanto te hablan en la escuela de comunicación cuando te “enseñan” a titular. Se presta a la polémica. El tipo sabe que está jugando con dos cosas que a los argentinos los vulnera; su vapuleado amor por la patria y el delirio innato por los ídolos populares, bizarros. Casi míticos, casi humanos. Casi todo.

La Feria del Libro de Frankfurt anda necesitando nuestros íconos amigos, ja!

¿Cuáles son los argentinos?

Lean y opinen!

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19 Agosto 2008

HayQueLeer!

Los laberintos del miedo.

Un recorrido para fin de siglo.

Rossana Reguillo*

Revista de Estudios Sociales.

Universidad de los Andes / Fundación Social, Nº5. 2000

*Profesora-investigadora del Departamento

de Estudios Socioculturales, ITESO, Guadalajara



De la fragilidad al riesgo

De la comunidad tribal a la megalópolis, en el largo viaje de la historia, los grupos sociales han buscado diferentes mecanismos para enfrentar la fragilidad y vencer el miedo.
En la modernidad, a la fragilidad de los cuerpos, perseguidos por la enfermedad, por las impredecibles fuerzas de la naturaleza y por la violencia de otros cuerpos, se responde con la ciencia y con el aparato jurídico de Estado.

A la fragilidad del pacto social, amenazado permanentemente por la disidencia, por la rebeldía, por la ruptura individual o colectiva, se responde con instituciones de socialización (en su fase preventiva), con instituciones reguladoras del conflicto (en su fase política), y con instituciones de control (en su fase punitiva).

A la evidencia de un progreso que se revierte sobre la humanidad, expresado principalmente en el deterioro del medio ambiente y en el surgimiento de nuevas amenazas traídas de la mano por ese mismo progreso, se responde con la refundación de la ciencia y de la tecnología. Hoy, por ejemplo, el discurso sobre el desarrollo sustentable asume el rostro de un amuleto protector contra la fragilidad. Si Mary Shelley tuvo que matar a su criatura para restablecer el equilibrio y señalar la inutilidad y el riesgo de desafiar a la naturaleza, la opción hoy puede ser menos drástica: Frankestein puede ser dominado.


A la fragilidad del cuerpo social, amenazado por la pobreza, el atraso, la ignorancia, se responde con la técnica, con la ingeniería política y social. En el plano moral, ese mismo cuerpo social, que se percibe amenazado por la corrupción, la pérdida de sentido, por el trastocamiento de valores y por una violencia incontenible y amorfa, se responde mediante la expansión de los dispositivos de vigilancia, donde el Estado pierde su centralidad en el ejercicio de la violencia legítima.

A la fragilidad del espíritu y de la mente, la ciencia moderna responde con disciplinas especializadas; las iglesias, con doctrinas, mandamientos, consejos y penitencias. El mercado, con productos materiales y ofertas culturales a la medida del consumidor aquejado por malestares difusos.

A las viejas y persistentes fragilidades, se suman nuevos riesgos, propios del estado actual de la civilización y la cultura. Riesgos que "suelen permanecer invisibles... por lo que sólo se establecen en el saber (científico o anticientífico) de ellos, y en el saber pueden ser transformados, ampliados o reducidos, dramatizados o minimizados, por lo que están abiertos a los procesos sociales de definición".
Ahí, donde la psiquiatría o el psicoanálisis, ahí, donde el consejo carismático y la fe, donde las instituciones balbucean intentos de respuesta, donde la tecnología no logra anular los efectos de los rayos del sol sobre las alas de Icaro, y donde la ingeniería política se muestra incapaz, más allá del discurso, de traer un mundo más humano y más justo; ahí, en ese territorio, escenario de las desapariciones y del vértigo, toma fuerza el miedo y de manera paradójica, también la esperanza. Un miedo, como diría Delumeau "liberado de su vergüenza"
y una esperanza sin programa.

Frente a la imagen de un guerrero, valiente y gallardo, "capaz de enfrentar mil ejércitos él solo, sin experimentar el menor miedo", como decía la literatura de caballería, o frente a un Quijote, que se ve en la necesidad de imaginar un ejército de soldados fuertemente armados ahí donde sólo había rebaños de corderos para justificar su hazaña, el miedo hoy se libera de su vergüenza y parece constituirse en la única emoción capaz de acercar la salvación. "Hay que tener miedo", es la consigna. Miedo de los ejércitos disfrazados de corderos, pero sobre todo, miedo de no experimentar el miedo salvador y quedar expuesto, sin amuletos, ante las fuerzas enemigas.

Esto no deja de resultar paradójico, en tanto que puede argumentarse que la sociedad de fin de siglo avanza en un saber que es capaz de transformar la fragilidad en un riesgo calculado , diferencia fundamental con los periodos premodernos de la historia. Pero en la misma medida, puede constatarse el aumento de la brecha entre los llamados saberes expertos y el ciudadano común, al que debería bastarle, según el principio de distribución social del saber, implícito en esta teoría, "confiar" en que desde el ámbito de los saberes expertos se controlan los riesgos. A propósito de este tema, es Beck el que coloca una cuestión relevante. Para él, hoy, en las definiciones del riesgo se rompe el monopolio de la racionalidad de las ciencias.

Planteado en otros términos, lo que esta ruptura del monopolio del saber legitimado apunta es a la multiplicidad de lógicas, procesos y saberes sociales que se colocan frente a la racionalidad científica desde una racionalidad social de densidad histórica y cultural. Y así, mientras la distancia entre los saberes aumenta y la confiabilidad en las instituciones modernas se debilita, crecen las formas de respuesta que privilegian la eficacia simbólica de los mitos y de los ritos. De cara a los dispositivos modernos para enfrentar la contingencia y reducir la fragilidad, aparece la esperanza. Una esperanza multidimensional, contingente, precaria. Expresada a través de la fe, la creencia, el pensamiento mágico, que centran su poder restablecedor en un objeto, en un ritual, en la confianza no reflexiva.








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