5 Junio 2009
15 Octubre 2008
Para que nada nos separe, que nada nos una.

3 Octubre 2008
Si todos tirásemos en la misma dirección, el mundo volcaría.

24 Septiembre 2008
"Esa mujer"
Rodolfo Walsh
-Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice.
Lo miro.
-Esa mujer, coronel.
Sonríe.
-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
-Pero el capitán N. . .
-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
-¿Y usted, coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
-¿Qué querían hacer?
-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
-...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No.
-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Sí, pobre gente.-El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.
-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
-Beba -dice el coronel.
Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
-Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
-¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
-¿Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy.
Desaparece.
-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente.
-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba,
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
-¿La sacó usted?
-Sí.
-¿Cuántas personas saben?
-DOS.
-¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde?
No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
-No, ya mismo. Piense.
Se ríe.
-¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.
9 Septiembre 2008
4 al 22 de septiembre Lunes a Sábados de 11 a 22hs.
Domingos de 15.30 a 22hs.
Desde hace 23 años la plaza San Martín, en pleno corazón del centro cordobés, se viste de blanco para recibir a fieles habitués de las letras
Repleta de literatura destinada a niños, jóvenes y adultos, la instalación de
La Plaza
A la anterior, se le suma una de las propuestas más novedosas. En esta edición además, el espacio Fenómenos propone una agenda, cuya coordinación estará a cargo de Gabriela Halac. Con más de de 30 actividades en su grilla, Fenómenos, nuevos soportes para las letras, resulta una seductora invitación a explorar las distintas modalidades de lectura, estrategias de contactos, formas de escritura, modos de edición y circulación que determina el soporte digital, a partir de la intervención directa de sus propios hacedores. La propuesta completa se puede leer completa en el blog: www.espaciofenomenos.blogspot.com

22 Agosto 2008
El Gobierno propuso a Maradona, Evita, el Che y Gardel como íconos para Feria del Libro de Frankfurt, la mayor de la industria editorial. Y de esto opinó en Crítica digital el periodista Rodolfo Fogwill. Cuando dijeron esos nombres en la reunión de editores en que se presentó el tema, a una editora que estaba ahí le encantó todo y se reía, pero porque pensaba que era una broma. Y no, era cierto. Me parece una barbaridad. Hay dos cosas para vender en
A mi entender, la primera línea es mucho. Es el ejemplo perfecto del “gancho” del que tanto te hablan en la escuela de comunicación cuando te “enseñan” a titular. Se presta a la polémica. El tipo sabe que está jugando con dos cosas que a los argentinos los vulnera; su vapuleado amor por la patria y el delirio innato por los ídolos populares, bizarros. Casi míticos, casi humanos. Casi todo. ¿Cuáles son los argentinos? Lean y opinen!
"Este país es una mierda, che"
De Gardel habrá dos. De Maradona ninguno porque todo lo que se ha escrito de fútbol es malísimo. Además, si se trata de exportar argentinos tampoco es serio: Cortázar es belga; Borges, por elección, es suizo; y el Che Guevara es cubano. Si se quería vender de verdad se debería haber llevado a los dos que más venden por lejos: Fontanarrosa y Quino. Y por interés técnico: Rodolfo Walsh, porque ellos, los alemanes, son muy políticos y se interesan mucho por lo de los desaparecidos. Alemania es un país muy raro editorialmente. Y esa feria es un manicomio. Me baso en lo que ha escrito Manuel Rodríguez Riveros en el ABC de España, donde se refiere a la prostitución que hay allí.
En fin, lo que se vende son paquetes de derecho de autor que en
19 Agosto 2008
*Profesora-investigadora del Departamento
de Estudios Socioculturales, ITESO, Guadalajara
De la fragilidad al riesgo
De la comunidad tribal a la megalópolis, en el largo viaje de la historia, los grupos sociales han buscado diferentes mecanismos para enfrentar la fragilidad y vencer el miedo.
En la modernidad, a la fragilidad de los cuerpos, perseguidos por la enfermedad, por las impredecibles fuerzas de la naturaleza y por la violencia de otros cuerpos, se responde con la ciencia y con el aparato jurídico de Estado.
A la fragilidad del pacto social, amenazado permanentemente por la disidencia, por la rebeldía, por la ruptura individual o colectiva, se responde con instituciones de socialización (en su fase preventiva), con instituciones reguladoras del conflicto (en su fase política), y con instituciones de control (en su fase punitiva).
A la evidencia de un progreso que se revierte sobre la humanidad, expresado principalmente en el deterioro del medio ambiente y en el surgimiento de nuevas amenazas traídas de la mano por ese mismo progreso, se responde con la refundación de la ciencia y de la tecnología. Hoy, por ejemplo, el discurso sobre el desarrollo sustentable asume el rostro de un amuleto protector contra la fragilidad. Si Mary Shelley tuvo que matar a su criatura para restablecer el equilibrio y señalar la inutilidad y el riesgo de desafiar a la naturaleza, la opción hoy puede ser menos drástica: Frankestein puede ser dominado.
A la fragilidad del cuerpo social, amenazado por la pobreza, el atraso, la ignorancia, se responde con la técnica, con la ingeniería política y social. En el plano moral, ese mismo cuerpo social, que se percibe amenazado por la corrupción, la pérdida de sentido, por el trastocamiento de valores y por una violencia incontenible y amorfa, se responde mediante la expansión de los dispositivos de vigilancia, donde el Estado pierde su centralidad en el ejercicio de la violencia legítima.
A la fragilidad del espíritu y de la mente, la ciencia moderna responde con disciplinas especializadas; las iglesias, con doctrinas, mandamientos, consejos y penitencias. El mercado, con productos materiales y ofertas culturales a la medida del consumidor aquejado por malestares difusos.
A las viejas y persistentes fragilidades, se suman nuevos riesgos, propios del estado actual de la civilización y la cultura. Riesgos que "suelen permanecer invisibles... por lo que sólo se establecen en el saber (científico o anticientífico) de ellos, y en el saber pueden ser transformados, ampliados o reducidos, dramatizados o minimizados, por lo que están abiertos a los procesos sociales de definición".
Ahí, donde la psiquiatría o el psicoanálisis, ahí, donde el consejo carismático y la fe, donde las instituciones balbucean intentos de respuesta, donde la tecnología no logra anular los efectos de los rayos del sol sobre las alas de Icaro, y donde la ingeniería política se muestra incapaz, más allá del discurso, de traer un mundo más humano y más justo; ahí, en ese territorio, escenario de las desapariciones y del vértigo, toma fuerza el miedo y de manera paradójica, también la esperanza. Un miedo, como diría Delumeau "liberado de su vergüenza" y una esperanza sin programa.
Frente a la imagen de un guerrero, valiente y gallardo, "capaz de enfrentar mil ejércitos él solo, sin experimentar el menor miedo", como decía la literatura de caballería, o frente a un Quijote, que se ve en la necesidad de imaginar un ejército de soldados fuertemente armados ahí donde sólo había rebaños de corderos para justificar su hazaña, el miedo hoy se libera de su vergüenza y parece constituirse en la única emoción capaz de acercar la salvación. "Hay que tener miedo", es la consigna. Miedo de los ejércitos disfrazados de corderos, pero sobre todo, miedo de no experimentar el miedo salvador y quedar expuesto, sin amuletos, ante las fuerzas enemigas.
Esto no deja de resultar paradójico, en tanto que puede argumentarse que la sociedad de fin de siglo avanza en un saber que es capaz de transformar la fragilidad en un riesgo calculado , diferencia fundamental con los periodos premodernos de la historia. Pero en la misma medida, puede constatarse el aumento de la brecha entre los llamados saberes expertos y el ciudadano común, al que debería bastarle, según el principio de distribución social del saber, implícito en esta teoría, "confiar" en que desde el ámbito de los saberes expertos se controlan los riesgos. A propósito de este tema, es Beck el que coloca una cuestión relevante. Para él, hoy, en las definiciones del riesgo se rompe el monopolio de la racionalidad de las ciencias.
Planteado en otros términos, lo que esta ruptura del monopolio del saber legitimado apunta es a la multiplicidad de lógicas, procesos y saberes sociales que se colocan frente a la racionalidad científica desde una racionalidad social de densidad histórica y cultural. Y así, mientras la distancia entre los saberes aumenta y la confiabilidad en las instituciones modernas se debilita, crecen las formas de respuesta que privilegian la eficacia simbólica de los mitos y de los ritos. De cara a los dispositivos modernos para enfrentar la contingencia y reducir la fragilidad, aparece la esperanza. Una esperanza multidimensional, contingente, precaria. Expresada a través de la fe, la creencia, el pensamiento mágico, que centran su poder restablecedor en un objeto, en un ritual, en la confianza no reflexiva.
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