Gustavo

Escanlar

Fragmento de uno de los cuentos del escritor uruguayo. Poco más irreverente que exquisito. Polémico, atrapante, pensativo. Disfrútenlo!

Uno llega a ese estado de frigidez y congelamiento que llamamos vida cotidiana por miedo. Toda mi vida tuve miedo. Miedo a mis padres, a los maestros, a la policía, a los profesores, a los estudiantes que tiraban piedras, a Narciso Ibáñez Menta. Miedo a que los niños más grandes, los de quinto o los de sexto, me cagaran a patadas.

Miedo a que los pupilos del colegio me cogieran, como se lo cogieron a Bertolotti en el baño. Miedo a ser maricón, trolo, puto, homosexual, centauro. O a que los demás pensaran que lo era. Miedo a que a la salida de The Wall un milico leyera mis pensamientos y me llevara en cana. Miedo a desaparecer, a que me metieran la picana. Miedo al ridículo, a la exclusión, la marginación, miedo a que nadie quisiera bailar conmigo en las fiestas de quince, miedo a que no me gustara la música cool, a ser terraja. Miedo a quedarme sin trabajo, miedo a no tener casa, miedo a no tener guita.


"El miedo no me dejó elegir; tuve que obedecer, que amoldarme, que volverme transparente. Decir que sí, ser uno más. Uno termina haciendo lo que le idcen que hay que hacer".

De última, en el mejor de los casos, uno puede cerrarse, edificar un bunker dentro suyo, llevar vidas secretas. Soy hijo único. Por eso las islas abandonadas son mi sitio preferido.


"Es lo único que le pido al mundo: un poco de paz. Desayunar sin tener que hablar con nadie, mirando la ciudad que odio y que amo… pequeños momentos de felicidad, pequeños gallagher en el desierto".

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Gustavo Escanlar nació en Montevideo en 1962. Amado u odiado sin término medio, mucho antes de su reciente fama mediática, uno de sus cuentos formó parte de la antología McOndo (1996) y publicó las novelas Oda al niño prostituto (1992), No es falta de cariño (1997) y Estokolmo (1997). El cuento citado (“40”) fue terminado especialmente para la revista Nº 16 de La Mano que dirige Roberto Pettinato.