El otro día me puse a pensar.

Y hay algo que me persigue desde que soy chica. La idea de imaginar mucha gente, o distintas personas, en diferentes partes del mundo o de la ciudad, o muy cerca quizás yo que sé, haciendo cosas tan disímiles en el mismísimo instante.

Claro, alguien que en un momento está extrañando a otro alguien. Uno que se lava los dientes porque recién se levanta, y otro que coincide porque recién se acuerda de lavárselos. Nunca se sabe.

También pensaba en quien se estuviera fumando un cigarrillo, o se estuviera acostando a dormir aunque fueran las 4 pm. O en una persona que está a punto de conocer al amor de su vida, porque indefectiblemente va a dar vuelta esa esquina, o porque debió tomarse el colectivo de siempre y se quedó dormido.

Tal vez, alguien estuviese en ese minuto que yo pensaba por hacer algo que nunca hizo. Sintonizando en la radio una linda canción. O entrando a un consultorio médico, o planeando su destino, o decidiendo que va a renunciar a su trabajo y a su familia para cargar una mochila, o probablemente para dejarla atrás. Otros masticarán chicle en el preciso momento en que yo llegue a pensar en aquellos que estuviesen perdiendo a un amigo, o probándose un peinado nuevo en el espejo, pintando un cuadro o pisando caca de perro en una vereda de mierda. Lavando el auto, aprendiendo a hablar alemán, operándose las lolas o guiñando un ojo porque sí. O probando marihuana. O produciendo un programa de cuarta donde muestren como se fuma marihuana.

 La cuestión es que pensaba en otros. En todos los otros que pueden existir.

Y no sabía como hacer para especular con situaciones que fueran ajenas a mí, lo más lejanas posibles. Esas con las que convivimos. Sin saber, sin sospechar, sin reflexionar.

Casi inimaginables, me desafiaba a mí misma y a mi propia imaginación.

 Esa noche recibí un llamado. Una persona querible se había ido. Y me dormí tan movilizada que estaba tiesa. Shockeada, apenada. Todavía no sé.

Y con el sol, con el sol nació Paula.